Anoche viví una de esas noches que dejan huella en el alma. Pasé horas en el hospital, corriendo entre pasillos, luchando contra el tiempo, orando en silencio para que ese pequeño corazón no dejara de latir. Cuando por fin lo logró, sentí cómo mis lágrimas se mezclaban con el cansancio… había salvado una vida más.

Regresé a casa con el alma agotada, esperando solo un abrazo, una palabra, un “feliz cumpleaños”. Pero el silencio fue lo único que me acompañó. Y sí, dolió… dolió mucho. Porque a veces, quienes más cuidamos a otros, somos los que más olvidados quedamos.

Aun así, mañana volveré. Volveré con la misma entrega, el mismo amor y la misma fe. Porque este corazón cansado sigue encontrando sentido en cada vida que logra seguir latiendo.

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