Elevan rápidamente la glucosa en sangre
Aumentan el ácido úrico
Generan inflamación y estrés oxidativo
Obligan a los riñones a filtrar bajo presión constante
Los edulcorantes artificiales tampoco son una alternativa segura: alteran la microbiota intestinal y afectan el metabolismo, produciendo a largo plazo daños similares —o mayores— que el azúcar.
2. Jugos industriales y tés embotellados
Aunque se presenten como “naturales”, suelen contener altas concentraciones de fructosa, conservantes y saborizantes.
El impacto metabólico es comparable al de los refrescos, especialmente cuando se consumen en ayunas.
3. Leche de vaca (incluso descremada)
Después de los 60 años, la leche puede convertirse en una carga renal debido a su contenido de:
Proteína animal (aumenta la hiperfiltración)
Fósforo (endurece arterias y debilita huesos)
Potasio (riesgo de arritmias si se acumula)
La leche descremada no es más segura: suele contener incluso más potasio que la entera.
4. Alcohol
El alcohol deshidrata, eleva la presión arterial y reduce el flujo sanguíneo renal.
Aunque exista el mito de “una copa diaria”, el margen seguro es mínimo y difícil de sostener en la práctica. En personas con proteinuria, hipertensión, diabetes o enfermedad renal, cualquier cantidad puede empeorar el daño.
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