Comprar fruta fresca a menudo se siente como una lotería. Eliges lo que parece un lote perfecto, pagas un precio justo y esperas lo mejor. Pero al llegar a casa, a veces la realidad te golpea: duraznos harinosos, moho oculto en las fresas o una piña que se ve bien por fuera pero tiene un sabor seco y decepcionante por dentro.
Para las familias, especialmente aquellas con niños, la situación se complica aún más. Un solo bocado de fruta ácida o demasiado madura puede hacer que un niño rechace esa fruta durante semanas. Por eso, muchas personas buscan pequeños trucos para aumentar sus posibilidades de elegir frutas y verduras de mejor calidad.
Las sandías son un ejemplo clásico. La mancha de campo —la zona pálida donde la fruta tocó el suelo— es en realidad una buena señal, sobre todo si es de un amarillo intenso. Las cicatrices marrones con forma de telaraña también pueden indicar una buena polinización, lo que suele significar una fruta más dulce. Incluso la forma puede ser importante, ya que a veces se considera que las sandías redondas son más dulces que las alargadas.